Desinterés

Al fin y al cabo ni siquiera quiero esta chingada del vacío…
No, mentira,
sólo quería empezar descortés.
No me sale sentarme a escribir.
No me exijo, me alcanza la intención latente de completar esta caída.

No nos apresura, o si?
Hay tanto para disfrutar (y/o sufrir) mientras tanto.
Que de lapicera y hoja prefiero la charla y los mates…
y la acción.

Y los delirios acerca de las formas concretas que va tomando mi vida.

No hay tiempo suficiente, ni necesario, ni ganas para ceder al abismo.
Se posa mi atención en otras cosas…
No quiero abandonarme a la tiranía de obligarme a escribir.
No lo siento obligatorio tampoco.
Dejarme tampoco…

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Resistencia

Me cuesta tanto adentrarme al vacío, que ni siquiera me he atrevido a pisar el primer escalón. Siento que yo misma acabo de desatar un conjuro que deberé atravesar con coraje o quedar varada en algún tramo del trayecto.
Lo que me comienza a quedar claro es que no podrá llevarme sólo 30 días, porque he modificado su núcleo y cambiado sus reglas.
Ya no se trata para mí de escribir algo cada día y subirlo. Tengo el compromiso de nombrar treinta escalones y transitarlos. No siento miedo, no puedo nunca decir que sienta miedo. Pero veo mi parálisis, veo cuánto me cuesta poner el primer pie. Al final sólo podré ver si es cierto o no que esta escalera me lleva algún lugar. Algún lugar diferente donde sople fuerte el viento, tanto que grite contra él y no escuchen mi voz del otro lado.
Imagino que podré aprender en el trayecto a desarmarme en la escritura para rearmarme de aquello que no sabemos aún, pero más fresco, más cierto, más certero. Temo sonar depresiva, temo que se note. Soy de esas depresivas valientes que aún quieren vivir, saber qué hay detrás de tanto ruido y por supuesto; ir más allá con el silencio en el corazón.
Y reconocer una nueva oportunidad en cada día.
Tengo miedo de morir.
No creo ser original en esto.
Me reprocho no amar la vida.
Pero aún se cuela entre mis dedos un néctar que me enseñe que estoy vibrante.
Y mis palabras anhelan, ya sobre el primer escalón. No el vacío. Sino la férrea voluntad de aquellos que persiguen una estrella como si en ella se les fuera la vida. Aquellos que siempre saben, adónde y por qué. Y lo toman, porque saben, no dudan. Andan por todos lados transformando y generando redes. Sus manos son seguras y nos sostienen. Gracias a ellos hoy puedo tomar caminos extraños, que me conduzcan a otro trozo de humanidad.

 

Treinta escalones al vacío

Es un pretencioso anhelo…
caer al vacío.
cada pedazo de “mi” que pretende desprenderse, sería entonces la entrada en un pequeño abismo.
Esta fantasía me llama e interpela y me dice:
Eliana, criatura, abandona de una vez toda pretención hacia la vida.

No se como se hace…
he sido renegada a vivir, así que no me siento en derecho a abandonar aquellos terrenos…
me animo a probar la dulzura de la vida. Parece que allí se encuentra el más profundo vacío.

No logro conciliar esta paradoja…
Espiritualista.
Abandonar la ilusión de la vida es sin embargo impregnarse por completo y sin reticencias en su perfume.
Dejarse de joder con tanta pretención, si acaso.

Casi toda mi vida tuve un pie puesto en “lo otro” tan inalcanzable, tan inabarcable, que se transformó en conceptos.
Conceptos que me demandarían algún tiempo de estudio y dedicación.
Me creí que aquello otro necesitaba de mi parte tiempo y dedicación, como si, algo pudiera evitar su permanencia constante…
Así me distraje, me olvidé, buscando que espacio podría dedicarle en mi vida a estos “conceptos”.

Nos pasa a la mayoría, me consuelo.

En mi linea de pretensiones, aún, con vicios por sostener… invento que este espacio será, de algún modo,
treinta escalones hacia el vacío…

Pero me leerán llena de cosas,
no confío alcanzarlo, normalmente nunca confío,
creer que es algo a alcanzar es sabida, la primer gran falacia,
entonces…
Treinta escalones de regreso…
treinta escalones de quién sabe que surgirá estos días.

A modo aprendido en esta new age, planto la intención,
de sin embargo, vaciarme también de todo aquello.